Niño Gordo, el restaurante argentino que causa furor en Instagram

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5 restaurantes buenos, bonitos y baratos en Buenos Aires

Llegan los últimos meses de 2017 y los pagos se acumulan. La tarjeta de crédito echa humo y el final de mes empieza antes de la segunda quincena. Es hora de activar el plan ahorro y buscar lugares con las 3 b: buenos, bonitos y baratos. Te pasamos 5 lugares para llenar la panza sin vaciar el bolsillo:

Nipón, nipón
Así de lindos son los noodles de Fukuro

1. Fukuro Noodle Bar. Noodles caseros, cerveza Boudicca y un local con mucha onda. El más exótico de la lista, sin duda.

2. La Birra Bar. Los foodies no exageran cuando hablan de las mejores hamburguesas de la ciudad (nosotros nos atrevemos a decir que son las mejores que probamos incluso fuera de Buenos Aires). Un tesoro de Boedo que ahora tiene nuevo local.

3. Al Zein. ¿El mejor shawarma de la ciudad? Está en Cañitas, bien custodiado por un excelente hummus y unos baklavas de época. Siempre abarrotado de hambrientos.

Empanadas de cordero
Eso que vez en el centro es cordero y está muy bueno

4. El Banco Rojo. Coqueto rincón en San Telmo con buena cerveza artesanal y unas empanadas de cordero que conquistan los sentidos. Atentos al tacho de basura con la foto de Trump.

5. Pumpkin burgers. Uno de los menos conocidos. Hamburguesas y choripanes veganos que nada tienen que envidiarle a los de carne. Por lo que sabemos, el local estaba siendo renovado, aunque su delivery es un golazo.

La mejor milanesa no existe

¿Tiene el Antojo la mejor milanga de la ciudad?
Esta bomba cuesta 590$ en El Antojo

Deberíamos comenzar a ignorar los concursos gastronómicos y sus votaciones populares para coronar a un lugar como el mejor en hacer algo. Decir que alguien posee la milanesa de Buenos Aires, es una apuesta muy grande, más aún en un país que ama al filete empanado en grado similar a su familia más cercana.

Empujados por los titulares, fuimos a parar a El Antojo, para comprobar si eran merecidas todas las flores que le echaban. Y la realidad es que sus milanesas son excelsas, pero no nos invadió la sensación de que sea imposible encontrar la misma calidad en otro rincón de la ciudad. La carta es larga pero en El Antojo todos reclaman lo mismo: quieren su milanga.

Nada light en el plato
Cebolla morada, champiñones, muzzarella y un manto de papas

Para los estómagos sin fondo, una milanesa gigante cada dos personas, cumple, pero no colma el apetito (590$ con un gusto, nosotros la pedimos con muzza, cheddar, panceta, tomate, huevos fritos y barbacoa). Si no, siempre tienen opciones más pequeñas y baratas (por 190$ puedes comer una individual, nosotros pedimos una muzza, champis y cebolla morada para auxiliar a la grande).

La cuenta, no muy popular, se fue a los 1300$ para cuatro (milanesa gigante, milanesa individual y dos cervezas de litro). Cobran servicio de mesa y panera. ¿Alternativas? Sí, una hermosa y barata: la milanesa del Galeón del Norte, en Plaza Italia. Prueben y luego nos dicen. Con menos marketing, pero sin nada que envidiarle.

D-Pop, la alternativa a Lucciano’s

Las paletas de D-Pop
El estilo “Ghana”, con mousse de banana, crocante y pasta de nutella, y chocolate.

Los golosos no entendemos de temperatura, y a un postre, por frío que esté, no se le dice que no ni en invierno. Por eso nos acercamos al búnker de D-Pop para probar sus pequeñas delicias.

Este emprendimiento nace de la unión entre Mariano, licenciado en marketing por la UADE, y Nadua, chef patisserie, en cuyo currículum figura la distinción de haber sido la responsable de la pastelería del Hotel Madero. Aunque ella ya había elaborado estos d-pops anteriormente, el tamaño actual lo consensuó junto a Mariano. “Para lograr las dimensiones de los palitos, tuvimos que contactar a un carpintero”, desvela. El resultado queda a la vista: pequeñas delicias dulces sostenidas por diminutos soportes de madera.

La variedad es amplia y la elección difícil, por eso probamos todos: el 100% argentino (el favorito de los adeptos, con dulce de leche, mousse de chocolate amargo, brownie y LIBRE DE TACC); el Ghana (mousse de banana, crocante y pasta de nutella, y chocolate); y el Camboya (de lima, frutos rojos confitados y chocolate blanco). El envite es completo cuando nos enteramos que no tienen conservantes y que, para colmo, la caja de 10 unidades está a 300$.

“Próximamente sacaremos una opción vegana y lanzaremos nuevos sabores según la temporada”, avisa Mariano. Si respetan la dedicación y el cariño que destinaron a los que probamos, la calidad está asegurada. Y el empacho también.

“Brewers Caprice” o la necesidad de escapar a la cerveza industrial

Cerveza artesanal argentina
Las tres variedades de Brewers

En medio del boom de la cerveza artesanal, resulta complicado encontrar a la verdadera pasión por el lúpulo y distinguirla del mero interés por la venta. Hay que buscar mucho para encontrar a gente como René D’Avino y Lucas Bologna, padres de Brewers Caprice, apasionados de la birra y puristas enfermizos del líquido de moda.

“El tiempo es tirano para la cerveza, no la puedes apresurar”, asegura René, que gira sin cesar la alianza en su dedo. Se le ve ansioso, entusiasmado. Él y Lucas relatan con cariño el periplo de Brewers desde sus inicios. El nombre significa “Capricho cervecero” y refleja la necesidad que tenía D’Avino de escapar de la cerveza industrial, que no le caía nada bien a su estómago.

El símbolo de Brewers, un león y un dogo argentino que se observan fijamente, responde al perfil de sus creadores: Lucas lleva tatuado al rey de la selva y su signo zodiacal es Leo; mientras que René es un apasionado de los perros. Algo animal hay también en el tesón e insistencia de esta dupla que les ha llevado a producir 800 litros semanales de su cerveza.

Hoy por hoy su catálogo dispone de tres variedades, todas ellas con una graduación menor al 6%: la Pale Ale (nuestra favorita, con cuerpo y toques frutales), la Honey Red (rojiza y suave) y la Stout (negra cremosa con marcado sabor a café). Sus six-packs se sitúan en 200$, una invitación al desenfreno. “Estamos haciendo pruebas para nuevas variedades”, avisa René. Y cuando estos dos hablan, hay que tomarlos en serio.

El chorizo vegano existe y está en Pumpkin Burgers

La versión vegana de Pumpkin Burgers
“Chori” elaborado a base de gluten

Ser vegano y comer cheddar. Odiar la carne y comerte un Chori. ¿Raro, verdad? Pero no por extraño resulta imposible: Nazarena nos lo demostró.
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Sagardi, o las mejores tapas de Buenos Aires

Una opción española en la Capital Federal
Una de las tapas estrella

La tapa es una costumbre tan española como la paella, la tortilla o el jamón ibérico, pero sin duda es la más amigable para el jolgorio y las rutas gastronómicas.

Bajo esta premisa y en el contexto del Día Mundial de la Tapa, no pudimos frenar la tentación de deslizarnos hasta Sagardi y entregarnos a sus pintxos, de la mano de Juani Fuoco, el máximo responsable de la sucursal porteña.

“Normalmente tenemos más de 60 tapas cada día y dejamos que el cliente elija las que prefiera”, asegura a los pies de una larga barra con gente agolpada a sus cristales. El sistema de Sagardi lo firmaría cualquier taberna vasca: acompañado de una cerveza o una copa de vino, el cliente se zambulle en un mar de pintxos variados, consume los que quiere y, cuando el paladar dice basta, se recuentan los palitos y se cobra en consecuencia.

‘’Para el evento de la tapa queríamos preparar opciones que destacasen las raíces y costumbres vascas’’. Intrigados por tal declaración, comprobamos que Fuoco no estaba de broma: la primera, con queso brie, tomate confitado, mermelada de manzana y mayonesa de albahaca, quería homenajear los colores de la ikurriña (la bandera vasca); la segunda, con pan de masa madre, bacalao confitado, berenjenas ahumadas, cebolla morada caramelizada y mojo verde, pretendía reflejar la importancia del pescado en la dieta del norte; y, por último, las gildas (con olivas negras, salmón ahumado y pimiento asado), unas banderillas típicas de la ruta gastronómica vasca.

El trato es más que apetecible: por dos de estas tapas (u otras de la carta) y una copa de vino o cerveza, el comensal desembolsa 100$. Un precio irrisorio cuando Fuoco nos desvela el gran secreto. ‘’El Uco Acero, vino con el que hacemos la promoción, es producto de los viñedos que la familia Sagardi posee en Mendoza, se producen unas 20.000 botellas al año’’. No se hable más, ponga dos para llevar. Parece que el combate termina, pero a Fuoco le queda el golpe maestro: los postres. ‘’Cambiamos la carta recientemente, ya hacía falta, la idea es alterarla cada 6 meses’’. Y así, entregados a una divina marquise de chocolate, le damos la razón a Fuoco: comer en Sagardi es como hacerlo en el País Vasco.